Descripción

Descripción de la iglesia en el Catálogo Monumental.

Esta iglesia, de estilo gótico, fue construida en el siglo XIII, aunque su aspecto original se vio modificado en el XVI con la adición de dos capillas laterales además de la sacristía y en el período barroco con la incorporación de un pórtico. Finalmente, hubo una restauración llevada a cabo en 1944 por D. Onofre Larumbe, a quien se le debe la renovación de la cubierta de estas capillas y la apertura de una ventana en el muro del lado de la Epístola.

La iglesia es de una planta de una sola nave dividida en cuatro tramos, a la que se añade la cabecera, poligonal, de tres paños y las dos capillas del siglo XVI, de menor altura, dispuestas simétricamente en el tramo inmediato a ésta (Ver plano).

La cubierta consiste en cuatro tramos de bóveda de cañón apuntado para la nave reforzados por fajones que apean en ménsulas bilobuladas, y una bóveda de paños para la cabecera sostenidos sus nervios de sección cuadrada por igual tipo de soportes. A la altura del arranque de la cubierta corre una imposta lisa por todo  el perímetro del templo. Las capillas reciben sendas bóvedas de crucería simple, de factura moderna, ejecutadas en cemento en la restauración de 1944.

Los distintos vanos que iluminan el interior del edificio se distribuyen por el muro de la Epístola, localizándose uno abocinado de medio punto  en la cabecera, otro recto en la capilla de este lado, un tercero moderno en el tercer tramo, uno más apuntado el tramo de los pies y finalmente una saetera en el muro hastial.

El coro es también obra moderna, aunque conserva adosado al muro de los pies el cilindro medieval que acoge la escalera de subida a la torre.

La sacristía describe una pequeña planta romboidal sobre la que voltea una béveda de crucería del siglo XVI.

Exterior

El lado de la Epístola se inicia con un portico barroco de sillarejo, macizo, a cuya primitiva entrada en forma de arco semicircular de ladrillo se ha añadido otro ingreso más moderno de diseño adintelado. Su interior se organiza en tres tramos cubiertos por dos bóvedas extremas de lunetos y una central de arista. En él se cobija la portada del templo, un gran arco apuntado del siglo XIV abocinado en cinco arquivoltas baquetonadas sobre sus correspondientes columnillas que portan capitetes corridos; en ellos se labran diferentes motivos, muy perdidos, en  estilo gótico que tienden al naturalismo; esos motivos son: hojas de parra, hombre luchando con un animal, aves picoteándose las patas, y la escena hagiográfica de San Martín partiendo la capa. Adosado al pórtico, se encuentra el volumen de la capilla lateral. La cabecera presenta la misma estructura poligonal que al interior, aunque sus aristas se refuerzan con contrafuertes.

El lado del Evangelio, jalonado por cuatro estribos, se inicia con el cuerpo de la sacristía, seguido del volumen de la capilla y del de la escalera de acceso al coro. Todo el alero del edificio se halla sostenido por una hilera de canes lisos de época medieval.

La torre conforma un potente fuste prismático macizo que sobresale destacadamente por encima de la altura de la nave. Su cuerpo de campanas cuenta con dos huecos de arco rebajado.

Interior

Lado del Evangelio

Bajo el coro se encuentra un pequeño Crucificado barroco popular, cuya policromía ha sido muy retocada.

Un requeño nicho acoge la pila de bautismos medieval formada por un pedesta cuadrado con bolas, fuste cilíndrico con baquetones anulares y taza semiesférica lisa.

En la capilla lateral se venera una talla de la Virgen del Rosario, de origen gótico del siglo XIII.

En este mismo ámbito se localiza el retablo de la Virgen del Rosario, protobarroco, de la primera mitad del siglo XVII. Su mazonería consta de un banco con tableros decorativos de cartelas y grutescos, y un relieve con los Evangelistas San Lucas y San Marcos; un cuerpo de tres calles separadas por columnas corintias de fuste entorchado con el tercio inferior ornado de cartelas y pinturas de busto de cuatro Apóstoles en su interior; las calles laterales están constituidas por cajas y la central por una hornacina coronada por unfrontón triangular. Finalmente un ático tripartito, sobre un doble friso, articulado por columnas de fuste entorchado y coronado por un frontón triangular, encajado en otro de volutas. En las diferentes cajas y hornacinas se combina la escultura de bulto con pinturas, reservadas éstas a las dos calles laterales del ático.

En el cuerpo se suceden las tallas de bulto de Santa Catalina, la Virgen con el Niño y Santa Bárbara, las tres, elegantes imágenes de buena calidad y de finos rostros de belleza idealizada, que se representan erguidas y en contraposto, vestidas según la moda de la época. Las tallas han conservado la policromía original a base de rameados y perlas. En el ático, a ambos lados del grupo del Calvario, figuran dos pinturas de la misma época que el retablo y la escultura, en las que se reconoce a un santo y a Santa Lucía.

Presbiterio

El retablo que preside la cabecera es una máquina barroca de la primera mitad del siglo XVIII, que no se corresponde cronológica y estilísticamente con otro retablo documentado del arquitecto Juan de Ibero, quien estaba trabajando en esta obra en 1667. De este primer retablo nada se ha conservado. El actual se compone de un banco de tableros entre ménsulas avolutadas de follaje sobre las que montan las cuatro columnas salomónicas del único cuerpo. La escultura de bulto que integra el programa de la imaginería pertenece la misma época que la arquitectura del retablo, a excepción de la imagen de ja Virgen con el Niño que ocupa la calle central del primer cuerpo, una talla renacentista de la segunda mitad del siglo XVI -por tanto de carácter expresivista- que aparece en posición sedente con el Niño desnudo sobre su rodilla izquierda, en movida actitud; la madre, de fino rostro, viste elegates paños. El resto de las esculturas, de tosca factura, se reparten de la siguiente manera: en el primer cuerpo San Gregario y un busto de San Fermín, en el segundo, San Francisco Javier, San Martín -el titular, en la calle central- y San Antonio de Padua; en el ático el Calvario.

El sagrario pertenece también a la primera mitad del siglo XVIII, siendo planta de estructura cuadrada. De los distintos frentes cuelgan pinjantes fla.queando placas vegetales.

Sobre la puerta de la sacristía, una peana sostiene la imagen de vestir de la Virgen de la Nieva, del siglo XIX.

Lado de la Epístola

Al muro testero del pequeño crucero que forma la capilla lateral, se acopla el retablo de San Juan Bautista, idéntico a su colateral simétrico de la Virgen de Rosario, con la excepción de las columnas del ático que presentan el fuste estriado en lugar de entorchado. En el banco se localizan los relieves de lo otros dos Evangelistas, es decir, San Mateo y San Juan, y en el cuerpo las tallas de bulto de San Pedro, San Juan Bautista y San Pablo, de la misma mano que las esculturas del retablo simétrico, como también lo es el Calvario del ático. Las dos pinturas que lo flanquean representan a San Fermín y San Antón abad. Las imágenes conservan la primitiva policromía del siglo XVII de rameados, punteados y perlados.

En el muro de este lado se conserva un púlpito de yeso del siglo XVIII, similar al que se custodia en la parroquia de Salinas de Pamplona, con un cuerpo cilíndrico decorado con tracería tardo gótica que arranca de una gran ménsula avenerada. Junto a la puerta de ingreso destaca la pila aguabenditera del siglo XVI, cuyo fuste acanalado, que apoya en un pedestal cuadrado, sostiene una taza gallonada.

Sacristía

Se guarda aquí un Calvario romanista, de fines del siglo XVI, de tipo popular, enmarcado por dos columnas que sostienen un frontón triangular. El grupo se sitúa sobre restos de una cajonería manierista. Esta estancia conserva también varias piezas de orfebrería, como un cáliz de plata, liso, de mediados del siglo XVII. Otro cáliz pertenece a finales del siglo XVIII. El mismo esquema presenta un copón de plata que cabría fechar por tanto a finales del siglo XVIII o comienzos de la centuria siguiente. Siguiendo con las piezas de astil, corresponde citar un ostensorio de bronce dorado, neoclásic.  Una pequeña píxide de plata del siglo XVI.También una campanilla de bronce del XVII.

 

Retablos

En 1621 el Abad del pueblo, el licenciado Joanes Martinez de Lizasoain, y el primiciero Joanes Ibañez de Muruzabal firmaron un contrato con el architero y ensamblador Jeronimo Aristegui  y su mujer Graciosa Larragueta, vecinos de Ibero, con el fin de que este hiciero dos retablos colaterales para sendas capillas: arquitectura, escultura, pintar y estofar. El vicario general había dado la correspondiente licencia y en el contrato aparecían también el pintor Domingo Muzquiz (o Muzquia) y su mujer. Se dieron cuatro años de plazo y Arostegui podía tomar un viejo retablo que estaba en la parte del evangelio descontando del coste final. Se asignaban 12 ducados, se supone que en un primer plazo.

Esta fecha de construcción de los retablos colaterales encaja con lo visto más arriba, donde se data de la primera mitad de XVII y ambos de idéntica factura.

En 1666 el conocido Architero Joan de Ibero y su mujer Graciosa Arostegui (hija del antes citado Jerónimo), vecinos de Ibero, firmaron el contrato de construcción del retablo principal de la iglesia con el abad D. Juan de Herize y el primiciero Juan Martin Iribas. El canónigo visitador D. Miguel Sarasa, en nombre del obispo D. Francisco Alarcon, ya había dado el permiso en 1657. Se daban un plazo considreable: 8 años  y Joan se podía quedar con el retablo viejo del altar mayor, tras la correspondiente tasación. Para el pago se destiban las rentas de la primicia. El acuerdo y permiso se dio conjuntamente con la obra del retablo de Izkue. Como se ha dicho, ya en 1657 se había concedido el permiso pero tardaron en eniciar la obra, demorándose en exceso. Así que surgieron problemas con el obispado mandando parar la obra. Hubo un duro pleito entre las partes implicadas en el tribunal diocesano, quien decidió que prosiguieran las obras en 1670 incluyendo, en el caso de Artazkoz, la realización del sagrario y las puertas de la iglesia.

Por los datos que hay sobre el retablo coetáneo de Izkue, podemos asegurar que el de Artazkoz se terminaría no antes de 1680. Joan Ibero ya había muerto para 1690 sin cobrar la obra del de Izkue. No sería extraño que hubiera ocurrido lo mismo con el de Artazkoz. Así solían ser las obras de las iglesias.

Este es el retablo al que alude el Catálogo como desaparecido. Como vemos, no fue el primero de la iglesia. Hay que sospechar que se aprovecharía alguna figura del anterior. En la descripción hemos visto que había alguna talla de la segunda mitad del XVI, muy probablente restos del viejo retablo citado más arriba.

Dando un salto de más de un siglo, en 1796 se firmó el contrato con Francisco Landa para dorar el retablo. Este ya sería el actual, datado como de la primera mitad de XVIII.

Sepulturas

El modelo de cementerio que hoy conocemos, más o menos alejado de las viviendas, es algo bastante moderno. Oficialmente, en 1787 en el reinado de Carlos II se obligó a enterrar extramuros, pero la realidad es que esta medida se enfrentó a una fuerte resistencia por parte de la gente, por lo que hasta bien entrado el siglo XIX no se terminaría de imponer.

Hasta ese momento nuestros antepasados habían recibido sepultura, durante siglos, en el interior de la iglesia parroquial o en su entorno. Según diversos autores, en la Edad Media solía haber un cementerio adosado a la fachada principal de la iglesia. No obstante, las familias principales serían entrerradas en el interior. Es a partir de la segunda mitad de la Edad Media cuando se comienza a enterrar de forma masiva en el interior, en las fuesas propiedad de los vecinos, siempre que estos puedieran comprarla. Como ya es conocido, tampoco la muerte igualaba a las personas, de manera que solía haber categorías de enterramientos, según la proximidad al altar (la más cercana solía reservarse para los abades). También solía haber sepulturas de pobres. Lógicamente no valían todas lo mismo, suscitándose un sinfín de pleitos entre el vecindario por su reparto en la iglesia.

La sepultura se consideraba un bien raíz más de la familia y como tal se transmitía de padres a hijos e incluso se mercadeaba vendiéndola al mejor postor. Además, era costumbre que las dueñas de las casas tuvieran su asiento sobre dichas fuesas.

En la documentación histórica, encontramos un pleito iniciado hacia 1517 entre Martin Miguel Artazcoz y los vecinos por la posesión de una sepultura. Entre los vecinos litigantes aparecen: el palaciano Miguel Arbizu; Joanot Artazcoz, Remon de Ororbia, Antoqui de Artazcoz, Diego hijo del sastre; Miguel el fustero; Miguel el pelegero; Martingo el atabalero; etc. La sepultura estaba cerca de la aguabendita y de la puerta principal. El conflicto prendió a raíz de ir a enterrar a una hermana de Martin Miguel, momento en el que varios vecinos echaron tierra sobre la fuesa y le impidieron enterrarla. Martín Miguel alegaba que allí estaba enterrado su padre Martin Miguel y su madre Jurdana. También se decía que el abaddel pueblo, D. Martin de Artazcoz, era hermano de Martin Miguel. No conocemos la sentencia.

Unas décadas más tarde, en 1567, encontramos otro pleito entre los de Escolano y otra familia del pueblo. Ese año, en julio, fallecía Martín Escolano, a la edad aproximada de 77 años. La situación de su sepultura en la iglesia provocó un serio conflicto entre su viuda María Artazcoz y su nuera Isabel Recain con Juanes Uztarroz y su suegra María Urdin, viuda de Pedro Olza. Al parecer, la sepultura se encontraba bajo los asientos de estos últimos, por lo que un día de agosto del citado año, estando la viuda y su nuera en misa sentadas sobre la sepultura del difunto, fueron desalojadas violentamente por la otra parte. Dada su avanzada edad, según algunos tenía 80 años, María Artazcoz sufrió graves heridas de las que estuvo a punto de morir. El proceso nos aporta interesante información sobre algunos ritos que seguían al fallecimiento de una persona. Las mujeres de su casa tenían la costumbre de estar con su pan y cera sobre la sepultura del difunto dentro del año y día mientras se decían los oficios. El problema surgió porque Uztarroz y María Urdin discrepaban en cuanto a este tiempo, alegando que solo había derecho a ocupar esos asientos durante apenas 9 días. Por tanto, fueron desalojadas y la cera derramada por la iglesia, ya que la sepultura, la segunda en importancia, pertenecía a la casa de María Urdin. Hay curiosas anécdotas sobre el incidente. Así, el abad había mandado callar durante la acalorada disputa. Como no lo hicieran, agarró el palo de la cruz y arremetió contra Joanes Uztarroz y María Urdin y sacó a todos de la iglesia. También se nos dice que en ese mes de agosto estaban arreglando la iglesia unos canteros de Araiz y Betelu, los cuales también declararon como testigos. No sabemos cómo terminó el lío.

Hubo otro juicio relacionado directamente con el asunto anterior que terminó al año siguiente, en 1568. Este proceso Proceso pone de manifiesto otro tema importante: las preferencias en la iglesia. Juanes Uztarroz  su mujer María Olza y la madre y suegra María Urdin, sostenían que su casa ocupaba el lugar preferente tras los palacianos, posición que se había visto perturbada por la sepultura de Martin Escolano. La probanza de Urdin y sus consortes aporta algunos datos de interés: que solo 3 casas tenían sepultura en sus propios asientos: el palacio, Lope Pérez de Artazcoz y Joanotena (o de Joanot Lopiz de Artazcoz), las demás no coincidían ambos elementos. También se alude a la costumbre de que los familiares podían estar hasta 9 días en las honras. El sepulcro de Martin Escolano se encontraba delante del asiento de Urdin y de su difunta madre María Arraiza, asiento que prefería al de Escolano en la honras. Cita cuando murió y enterraron a Miguel Artazcoz el escribano.

Precisamente, sobre asientos y preferencias en la iglesia hay un extenso proceso finalizado en 1591 en el que estuvieron implicadas las dueñas de Remonena y Antokirena. Bernat Subiza  y Catalina de Lizasoain eran los dueños de Antoki y Graciana Izu y Martin Remon de Artazcoz los de Remonena. Se cruzaron acusaciones ambas partes, pero la más perjudicado debió ser Catalina, quien fue puesta en prisión en 1589. El problema radicaba en que este asiento daba preferencia a Gracian sobre Catalina lo cual, según esta última, rompía la tradición del orden de las casas en la iglesia. Desfiló casi todo el pueblo testificando por ambos bandos. Es muy interesante el documento que recoge el acuerdo de reparto de asientos hecho en 1583. Viene la ubicación del de cada casa con sus afrontes. Así, a la de Remonena les correspondía uno detrás del de Juandiezena, cerca de la escalera que sube al coro. También se asignaba a las dueñas de la casa. Para que los asientos quedaran mejor señalados cada uno debe poner en ellos sendas losas de 2,5 pies de ancho y 2,5 de largo. Tras este acuerdo, Graciana Izu había cambiado de asiento, alegando que acababa de comprar una casa y asiento a García de Artazcoz, entonces pastor residente en Ibero, bienes que habían pertenecido a su hermano, también llamado Garcia, casa situada en la zona del palacio. El día Santiago de 1589 habían tenido un fuerte encontronazo Graciana y Catalina con palabras injuriosas por parte de esta última que motivaron su denuncia y detención. La sentencia favoreció a Graciana Izu. 

Apenas unos años más tarde, 1597, nuevo encontronazo por quítate de ahí que es mi fuesa. Volvía a estar implicada Graciana Izu a quien el palaciano Fermin Elso le acusaba de haber ocupado un asiento en la iglesia situado sobre una fuesa del palacio. Un domingo, en plena misa, la anciana señora fue desalojada violentamente por Elso, siendo este recriminado por el abad. Según los testigos feligreses, Fermín contesto en romance, lengua que no entendían los testigos. Reflejo de la sociedad de su tiempo es la declaración de Elso, alegando, entre otras cosas, que él era hidalgo, mientras la otra parte tenía tierras pecheras en Izkue (si bien casa Remonena era hidalga). La agredida Graciana era mujer flaca y de poca complexión por lo que estuvo dos días en cama. Era una de las echandras más importantes del lugar.

El asunto de la disputa del asiento en la iglesia se retomó en 1599, en lo que parece una apelación de Fermin Elso. Martín seguía negando que la sepultura fuese del palacio, sino que su padre Miguel había comprado en 1569 a Miguel de Artazcoz y su esposa Elena de Izu una casa en Artazkoz que conllevaba el derecho a sentarse en esa sepultura. La sepultura estaba junto a la pila bautismal y escalera del coro.

Sobre la importancia de la sepultura también nos hablan los testamentos. Era normal que en su primera cláusula el testador dispusiera que cuando el alma se haya separado de mi cuerpo este sea enterrado en la iglesia parroquial de Artazcoz que es de la advocación de San Martn, en la sepultura de mi casa nativa donde están enterrados mis padres. Al mismo tiempo disponía que sobre icha sepultura se hicieran las honras fúnebres y se colocaran cirios.

Ya se ha dicho que la sepultura era transmitida en la masa hereditaria, como uno de los primeros bienes raíces. Al hacer inventario de bienes, se describía su situación en la iglesia y los afrontes. Tenemos este ejemplo sacado de casa Sastrearena: sepultura en la segunda hilera de la epistola afrontada con Apezarenecoa. O este de casa Zurgiñenekoa de Izkue: sepultura entrando en la iglesia, la tercera a mano izquierda. Afronta con sepulturas de Ramonecoa y Echeberricoa.

Ermitas

Nuestros pueblos estaban llenos de ermitas, también llamadas a veces basílicas, de las cuales solo una pequeña parte ha sobrevivido. Solían utilizarse, al menos en tiempos modernos, para celebrar las procesiones, de las cuales se habla en otro apartado.También se usaron como anexos de las parroquias, caso de San Pedro en Izkue (la actual iglesia) o de Santa Cruz en Sarbil. Incluso se aprovecharon para actividades civiles comunitarias, como sedes de los batzarres, caso de nuestro San Salbador.

Sobre la documentación existente en el archivo, hay que decir que no es muy abundante, en general. Seguramente una parte importante de estas ermitas se arruinaron durante la Edad Mdia, no quedando de ellas apenas registro documental, como mucho un topónimo que nos recuerda su ubicación o, en el mejor de los casos se convertirían en bordas.

Relacionado con el uso como bordas tenemos en Artazkoz la posible ermita, y quizás parroquia, medieval del término de Larrain (Larrañekoa) sita en San Gregorio.

La cita más antigua de una ermita es de 1565. Se trata de un pleito entre Pedro de Elso (escribano), tutor de los hijos del Dr. Elso, por un lado, y Frances Arbizu y Catalina Gorraiz, palacianos, por otro. Dos años antes, estos palacianos habían tomado un censo de Pedro hipotecando el palacio y otros bienes. Al describir el palacio y su torre, se detalla su situación junto a la iglesia del pueblo y la casa de García Iribarren. Se hipotecó también otra casa que debía estar muy próxima al palacio, ya que afrontaba con la dicha casa de Iribarren y “con la ermita de Nuestra Señora”. Esta ermita no la hemos encontrado en otros documentos. Por la situación parece que podría ser la que más tarde se llamó de San Salbador.

Apenas cinco años más tarde, 1570, encontramos la primera cita de San Salbador. Se trata de un curioso incidente entre un romero, Bernart o Esteban de San Martín, de Baja Navarra, y los dueños de Escolano. Este bajonavarro debió dar fuego, a comienzos de septiembre de dicho año, a la torre palomar de los Escolano, como venganza por no haber encontrado posada la noche anterior. Había dormido en la ermita de San Salbadorque está junto a la iglesia y cimiterio”. Debía tratarse de un pobre hombre, a quien le condenaron a 100 azotes en Pamplona tras ser sacado de las cárceles a caballo en una bestia al son de trompeta y voz de pregonero que publique su delito y sea llevado por las calles de la ciudad y le sean dados cien azotes y condenado al destierro de este reino. Tras la apelación, el Consejo anuló los azotes.

Ovbiamente, al ser San Salbador la sede de los batzarres vecinales, hay bastante documentación en la que aparece. Así, en 1723 tiene lugar en ella la elección de nuevo abad en la persona de D. Joseph de Ziriza Echauri. A pesar de esta abundante documentación, no podemos fijar con exactitud su ubicación, pero sí de una manera aproximada: unos metros delante de la iglesia, en el camino de Aizgaña. Así aparece en el proceso de 1570 que acabamos de citar y en un documento de 1724, en el que una pieza en Aizgaña afrontaba con esta ermita y el camino que va a la iglesia. En la tardía fecha de 1772 seguían haciendo los batzarres en este lugar. En el plano de 1870 el cementerio se sitúa en la zona donde debió ubicarse la ermita.  

En 1609 se encuentra la primera mención de la ermita de San Fermín, en el testamento de Joanes Artazcoz menor de la casa de Juandiezena. Entre las mandas, dejaba un donativo para hacer la ermita de S. Fermín de Artazkoz "por ser mi patron". Que se lo dén a quien se encargue de repararla.

Esta ermita, de la que no tenemos idea alguna sobre su localización, vuelve a ser citada en un inventario de bienes de Joanes Asiain Morondo, dueño de Antokirena. Este decía tener un corral de recoger el ganado junto a la ermita de San Fermin. Una cita similar se repite en 1665 en el inventario de Joanes Leyerun, yerno del anterior y amo joven de Antokirena. En 1734, 1756 y 1772 se repite que los de Antokirena tienen una borda en San Fermin de Aldapa.

Como se puede ver en el apartado de procesiones, en 1596 y 1603 se menciona la ermita de San Gregorio, cuyo topónimo es muy conocido. De 1618 es un proceso en el que se describe el pleito entre dos vecinos: Joanes Remon de Artazcoz (Remonena) y Joanes Muruzabal. Remon decía que tenía una pieza junto a la ermita de San Gregorio y a  una pieza de Muruzabal y este había empezado a hacer un corral invadiendo la pieza de Remonena.

Nueva cita en 1765 de esta ermita en un retracto de compra de un corral que había comprado en 1644 Remon de Erizondo (Elizondorena) a los dueños de Aizkorberena. Dicho corral estaba junto a la ermita.

San Gregorio ya estaba derruída para finales  del siglo XVIII. En 1845 Ramon Escolar declaraba que pegante al corral tenía un sitio cerrado descubierto que afrontaba con la ermita de San Gregorio. Dicho descubierto lo vendía a Benito Villanueva Anocibar. La última mención de San Gregorio es de 1863-1878, cuando Fernandez de Barrena (casa el Maestro o Cabodevilla) vende una borda a Arraiza (Ezcurra) de Etxauri. Desde entonces sería la borda de Ezcurra.

Esta ermita de San Gregorio ha sido investigada por Mauricio Larreta, quien ha localizado en una conocida borda del cerro homónimo abundantes restos que llevan a pensar que fue la antigua ermita de San Gregorio, ya derruida para 1796 y, probablemente converida en borda de ganado. Es más, sostiene Mauricio que en base a la documentación, a la aparición de enterramientos adosados a la borda y al conjunto de edificios del entorno, bien podríamos estar ante el despoblado de Laranue, también transcrito como Laraynue y oras variantes, desolado citado como muy  degradado en  Rationes decimarum Hispaniae (1279-1280), si bien todavía conservaba población y rector en su iglesia. Lógicamente, el monte de Larrañekoa nos lleva directamente a asociarlo a este desaparecio poblado: de Larrañe/Larainue.

 

  • Pila aguabenditera del S. XVI

  • Pila Baut medieval

  • Rtablo Barroco S. XVII. Muy probablemente del architero y ensamblador Jeronimo Aristegui (Ibero), encargado en 1621