• Bi = Bitartekoa

  • Last = Lasterroa

1. Nuestros comunales

Según define la Gran Enciclopedia de Navarra (GEN), bienes comunales “son aquellos cuyo aprovechamiento y disfrute corresponde al común de los vecinos. En Navarra constituye una parte importante del territorio. Su finalidad es servir de complemento en las economías rurales, especialmente de los más desfavorecidos, y supone una fuente de recursos para los pueblos.

Aunque actualmente han perdido gran parte de su importancia, no debemos olvidar que históricamente han constituido una parte fundamental de la economía de nuestros pueblos. Su disfrute estaba muy vinculado a poseer la condición de vecindad, siendo excluidos los habitantes, residentes y moradores que no habían alcanzado la categoría de vecinos. Así se explican los continuos obstáculos que se ponían para impedir alcanzar la tan preciada categoría. En estas disputas, frecuentemente estaban también implicados los llamados vecinos foranos, a quienes los vecinos residentes trataban constantemente de impedir que gozaran de los bienes comunales.

Montes. El monte comunal. Larrañekoa. Bitartekoa. Sotos de ribera.

El monte de Artazkoz se sitúa en la falda de Sarbil, entre los de Izkue e Izu. La parte que se puede considerar comunal, por encima de las piezas privadas, tiene una superficie aproximada de unas 2.200 robadas. Dentro de él, en su extremo oeste, mugante con Sarbil, se encuentra la endreza o término de Larrañekoa. Se trata de una especie de islote dentro del  monte, hecho diferencial que ha perdurado hasta nuestros días. Finalmente, en el extremo norte, y compartido con Izu, encontramos el facero de Bitartekoa.

Como se ha comentado, estos montes se pueden considerar como la ladera este del complejo de Sarbil. Nuestros montes han sufrido, a lo largo de la historia, una enorme transformación de su potencial paisaje vegetal. Efectivamente, siglos de sobreexplotación extractora y pastoril han provocado la casi total desaparición de los bosques autóctonos y su sustitución  por formaciones derivadas de la actividad humana. Dadas las características climáticas de la zona, deberían estar cubiertos por franjas boscosas que, ascendiendo de este a oeste, serían las siguientes: En las partes bajas próximas al Arakil, tendríamos una estrecha banda del quejigal (Quercus faginea) propio de la Cuenca; Más arriba, debería dominar el bosque de carrasca (Quercus rotundifolia), tal como todavía lo encontramos en Izkue, Artazkoz y demás lugares colindantes. Las zonas altas de la sierra son propias del roble pubescente (Quercus humilis).  ¿Qué queda de este paisaje prehistórico? Observando los mapas de ocupación del suelo y de cultivos y aprovechamientos, vemos que apenas la mitad de la superficie montana conserva algo del bosque primitivo en dos franjas, carrascal y robledal. El resto del suelo aparece ocupado por bojerales, enebrales, matorral mediterráneo, pastizales etc.

En cuanto a los sotos, estas zonas de inundación del Arakil representan aproximadamente unas 400 robadas, donde el bosque natural de ribera ha sido sustituido por plantaciones de chopos y liecos húmedos.

Estos ecosistemas que, económicamente hablando, actualmente casi no tienen más valor que el paisajístico, fueron en el pasado verdaderos tesoros que cubrían una parte importante de la economía vecinal y concejil. De ahí que su posesión y explotación fuera una fuente constante de pleitos.

2. Aprovechamientos: arrendamientos, ventas, etc.

Los bienes y servicios que ofrecían los comunales eran muy variados: bordas, leña, madera, aguas, pasto, caza, pesca, rentas de los arriendos, etc.Vamos a ver casos históricos concretos. El disfrute solía estar regulado por los cotos y paramentos de casa pueblo. En 1603 encontramos una muestra de estas normas de Artazkoz e Izkue, cuyos detalles los podemos ver en el apartado de cotos y paramentos de esta misma web.

En 1597 por orden del virrey había habido una gran tala de árboles en los montes del pueblo. En pago de la madera se les había adjudicado a los vecinos 600 ducados para repartirse. Relacionado con esto, unos años más tarde, 1621, el pueblo seguía reclamado una compensación por la enorme cantidad de árboles que se habían cortado para la fortaleza y artillería y molino de pólvora de la capital. Se hablaba de más de 2.000 pies de robles (era normal usar el término robre) y encinas durante los últimos 25 años, cantidad que, según los vecinos, debía ser compensada con el derecho al goce pleno de Sarbil. Fue un proceso largo y muy trabajado, habiéndose desplazado una comisión a Tolosa de donde procedían los carpinteros que habían intervenido en la tala.  El pueblo insistiría en esta reclamación al virrey en 1673.  Opinaban los vecinos que el rey les debía mucho y que los seis años de goce de Sarbil solo se pagaba una parte de la deuda.

En 1623 encontramos un documento sobre los sotos o prados boyerales de Izu. Este concejo resaltaba la importancia de los beneficios de la dehesa boyeral, al mismo tiempo que señalaban que no era suficiente y había ido disminuyendo al estar sometida a las avenidas del río. Citaban también la facería de Bitartekoa, compartida con los de Artazkoz, donde se encontraba el mejor pasto y yerba para dehesa boyeral.

En 1631, en un proceso sobre Sarbil, los vecinos de izkue declaraban que ingresaban 50 ducados de renta por el monte,  12 por los sotos y 80 robos de dos piezas comunales. En 1696 los de Artazkoz arrendaban los pastos del monte al vecino Joseph Oreyan (Antoki).

En 1697 aparece la primera subasta de las hierbas y aguas, especialmente de las hierbas boyerales. Se detallaban las condiciones del arriendo y la forma de la subasta. La remató el vecino Juan Escolar por 13 ducados de renta. Sobre la importancia de los comunales nos habla un acuerdo tomado en 1709 por los de Izkue, según el cual se iba a pedir un censo de 150 ducados para comprar trigo. Con la debida autorización del Real Consejo, se hipotecaron el monte, hierbas, aguas, piezas comunales, además de los bienes privativos de los vecinos. Por cierto, el documento contiene un interesante listado de las esas piezas comunales.

En 1786 encontramos otro aprovechamiento comunal: las roturaciones. En este caso el concejo debía enfrentarse a muchos gastos al querer llevar el agua al centro del pueblo, trasladando la fuente que tenían contigua al monte, como a dos tiros de bala. Para conseguir el dinero decidieron roturar 100 robadas en los confines de Sarbil y explotarlas. Este acuerdo debió demorarse varios años, dado que vuelve a plantearse esa misma roturación en 1790. Ahora había que arreglar el puente, tras las últimas riadas, y hacer una borda concejil. Las obras se presupuestaron en más de 4.000 reales, por lo que había que tomar un censo de 200 ducados. Fueron convocados los nueve vecinos foranos del pueblo.  En 1793 aparece, de nuevo, una roturación de una pieza concejil de unas 40 robadas sita en Oianbidea. De nuevo aparece el arreglo del puente (nuevas riadas), además de limpiar el monte y cuidar los caminos. Según un acuerdo de 1802 la obra de 1790 no se había realizado todavía. En ese año de 1802 se dice que la obra seguía pendiente y cada vez más necesaria (la riada había roto además el paredón y parapeto, inundándose la vega). Vuelven a aprobar la rotura de 200 robadas en Larrañekoa para pedir un censo de 200 ducados, esta vez con el desacuerdo de cinco foranos.

Los citados foranos, al parecer, eran responsables de que no salieran adelante los acuerdos anteriores, al considerar excesivo el endeudamiento. Por fín, en 1803 el concejo ganó el juicio y se pudo acordar la roturación de las 200 robadas, distribuidas en tres trozos de 66 robadas y 10 almutadas. Repartidas entre los 13 vecinos residente, tocaban a parcelas de 5 robadas y 2,5 almutadas con un arriendo de 200 cuartales de trigo. Se acordaba cerrar todo con una pared de 7 pies de alto, pared que todavía se mantiene.

Todo el mundo trataba de sacar tajada de las roturaciones y el abad no se quedaba a la zaga. Así que en 1813 el cura reclamaba los diezmos novales que le correspondían sobre las tierras roturadas en los últimos 40 años y que el pueblo se resistía a pagarle, pues había preferido dárselos al maestro de niños. Ya se notaba, sin duda, la influencia de las ideas laicistas venidas del norte. Precisamente, en 1821, al hacer la conducción de maestro de Pedro Barrena se acordó, entre otros pagos, darle pasto para un ganado de cerda en el monte.

Otro beneficio del comunal eran las tejerías. En nuestro caso tenemos solamente una referencia de 1659, cuando el pueblo había ajustado con Joanes San Martin y Bernardo Armendariz, bascos (o sea, navarros de Ultrapuertos), la fabricación de unos miles de tejas y ladrillos. El negocio iba a medias, aportando el pueblo dos cántaros de vino, 15 cargas de leña, hojas y trigo, además de levantar el horno. El negocio terminó muy mal, querellándose el pueblo contra los tejeros.

La lista de aprovechamientos comunales parece interminable. En 1802 encontramos que se sacaba un buen dinero del pasto de bellota. Según el pedigüeño abad de Izu, en ese pueblo los vecinos se habían repartido 300 pesos y a él no le habían dado nada.

Un aprovechamiento singular de nuestros montes eran las caleras. En el facero de Bitartekoa vemos que en 1604 los dos pueblos copropietarios daban permiso a Miguel Muruzabal para hacer una calera con su horno.

Finalmente, citaremos el caso de las neveras. Aunque no debieron adquirir mucha importancia en estos montes, si encontramos documentación sobre su explotación en el vecino monte de realengo de Sarbil. Según un proceso de 1672, los de Munarriz declaraban que en Sarbil solo hay un pozo (nevera) muy profundo más arriba del monte de Izcue, a mano izquierda, junto al camino que va a Andia.

El alto valor de los comunales justificaba la existencia de guardas o costieros, encargados de cuidar estos bienes, de prender a los ilegales y carnear el ganado que pastaba sin permiso. Tuvieron bastante protagonismo en los interminables pleitos que veremos a continuación.

3. Pleitos. Carneamientos (prender el ganado). Calonias (multas).

En 1510, cuando todavía el reino era independiente, encontramos una querella contra un vecino forano, Garcia Ibañez, de Izkue por el uso del monte. Como era habitual en estos casos, cuando pastaba su ganado le fue carneado un carnero de cuatro libras carlines, apresamiento que denunciaba el perjudicado. Los vecinos constituidos en concejo, tañida la campana, dentro de San Pedro, donde es costumbre hacer los batzarres, negaban a Ibañez todo derecho al goce de las hierbas. Cuando se les permitía a los foranos disfrutar de los comunales, siempre se les ponía alguna pega. Tal es el caso de lo ocurrido al forano Martín Perez de Artazcoz, vecino de Ibero, quien se quejaba de que al repartir el pasto del  monte solo le han dado la mitad que a los residentes.  En 1786 nuevo conflicto con el forano de Artazkoz y vecino de Ibero Nicolás Perez de Obanos (Rodrigorena), dueño de Dorreberria. Había enviado a su hijo a hacer leña al monte y le habían hecho prendamiento de dos caballerías, por lo que este solicitaba el correspondiente sacapeno, alegando sus plenos derechos al goce de los comunales. Pueblo y forano se enzarzaron sobre la vigencia de este derecho. Al final, la Corte condenó a Perez de Obanos a pagar 16 reales de multa por cada caballería.

Unos años más tarde, en 1555, hubo un conflicto por haber talado árboles en el monte Larrain (Larrainekoa). El acusador, en este caso, era el condestable de Navarra, quien se consideraba dueño de dicho monte. El acusado era Juan Basco, residente en Izkue y guarda de Larrain. No solo no había detenido a los que talaban sino que él también había participado en la tala de 50 robres. Precisamente, la propiedad de Larrañekoa estaba en disputa entre los vecinos del pueblo y el Condestable (ver más adelante). Estas denuncias por tala de árboles serían frecuentes. En 1654 los guardas de Artazkoz pillaron a dos mozos de Izkue cortando árboles en Larrañekoa.

Las denuncias contra los foranos y residentes eran muy frecuentes. En un juicio finalizado en 1579, Juan Ibañez de Ibero vecino de Ibero y forano de Artazkoz, era acusado de haber hecho leña en el monte por lo que se confiscó una azada. La disputa era que los de Artazkoz no reconocían que Ibañez hubiera comprado una casa con derecho de vecindad en el pueblo. En 1579 era Miguel Berrio, vecino de Ororbia, quien se peleaba con los de Artazkoz sobre su derecho al goce de yerbas y aguas en el monte Bitartea (Bitartekoa) ya que era forano de Izu y, por tanto, tenía derecho al citado facero. Los del pueblo le negaban este derecho y le habían confiscado un rocín.

El facero de Bitartekoa provocaba constantes encontronazos entre los dos supuestos copropietarios, Izu y Artazkoz. Así, en 1589, los de Izu decían que el término estaba en su jurisdicción y ellos eran los propietarios, mientras que los de Artazkoz podía disfrutarlo, pero pagando una renta anual. En este caso los guardas (costieros) habían pillado a vecinos de Artazkoz cortando árboles y los habían prendido. Las sentencias de la Corte Mayor nunca fueron demasiado claras al respecto. Unas veces reconocían la propiedad de Izu y derecho a hierbas y leña de los de Artazkoz, previo pago de 3 cuarteles de cebada por vecino, otras daban la razón a los de Artazkoz como propietarios de pleno derecho.

Solían imponerse multas (calonias) por cortes no autorizados de robres. Es el caso de los de Izu en 1617. Reunidos en batzarre acordaron condenar a Miguel Lizasoain al pago de 9 ducados; a Joan Mendigaña, que había cortado 32 pies de robres, a 2,5 reales por cada pie; a Joanes Escolano, vecino de Artazkoz, a 3 reales por cada uno de 18 pies talados.

En estos pleitos solían aparecer los guardas del ganado o duleros. Tenemos un caso de 1654 en el que los dos guardas, padre e hijo, fueron denunciados por haber descuidado el cuidado del ganado por lo que una yegua y su cría fueron devorados por los lobos. El dueño les exigía 32 ducados. El hijo de Joanes Ayerra, conducido de dulero cobrando un robo de trigo por cabeza, se defendía alegando que un grupo de cuatro lobos habían atacado a la jumenta y su cría y, aunque las defendió a pedradas, quedaron malheridas, pero solo murió la cría. Vemos lo que han cambiado los tiempos; sería inimaginable encontrase actualmente con estas manadas de lobos en nuestros montes.

En 1668 fue denunciado Joanes Sarasa, vecino de Izkue, por haber cortado dos grandes robres y haber escondido la madera en una borda de Sarbil. Declaraban los demandantes que los de Artazkoz tienen un  monte con robres y encinas para pasto de los lechones sin parte ni concurso de Sarasa ni delos de Izkue. Como no debía ser raro, en el lío estaba implicado el guarda del pueblo, Martin alias Salto, quien, según Sarasa, le había vendido la madera. Sarasa fue condenado a pagar una multa.

Otras veces el aprovechamiento del bosque, y consiguiente daño, consistía en el descortezamiento de las encinas. Nada menos que 47 árboles son los que debió descortezar hacia 1706 el vecino Joseph Osinaga, daño tasado en 10 ducados. Los muchos daños hechos en el término hizo que el concejo aumentara el número de guardas o costieros de piezas y viñas en 1709.

En 1799 Miguel Oroquieta (Remonena) denunciaba al concejo de Izkue por haberle prendado el guarda 10 cabras estando su rebaño en el monte del pueblo vecino, para cuya devolución le pedían 32 reales. Le acusaron de pastar en el monte donde estaban las cerdas por lo que no se podía meter cabras, que, además, estaban sin pastor.

 En 1806 el guarda de Lizasoain carneaba dos carneros a Escolar exigiéndole a éste fianza para sacapeno.

De los sotos hay menos documentación, señal que su importancia debió ser mucho menor que la del monte. En 1639 los molineros de Lasterroa habían echado a palos a la ganadería concejil del soto situado junto al molino. Como es lógico, el concejo denunció el hecho dado que los vecinos podían gozar de dicho comunal. La Corte amparó al pueblo y condenó a los molineros al pago de 20 libras. De los sotos también se obtenía leña y hojas, tal como aparece en un pleito de 1659 en el que unos foranos de Lizasoain reclaman el derecho a llevar su parte de leña y hoja del soto.

Uno de los principales beneficios de los sotos era el de los pastos boyerales. No faltaron tampoco los carneamientos en estos comunales de ribera. Así, en 1758, a Mendigaña, vecino de Izu y forano del pueblo, le habían carneado una oveja y su cría en el prado o dehesa boyeral de dicho lugar contiguo al río. Se quejaba Mendigaña, pero el pueblo defendía a su guarda diciendo que era época de veda del ganado menudo.

No todo eran disputas, también hubo acuerdos, como el de 1676 cuando Artazkoz e Izkue pactaron que los de este pueblo pudieran entrar el ganado a Larrañekoa a cambio de una renta de 12 ducados, durante los siguientes siete años.

4. Pérdida de los comunales

El terrible siglo XIX, con sus interminables guerras provocó la pérdida de los comunales. A principios del siglo hubo que afrontar las deudas generadas en la guerra de la Convención y en la francesada. Poco más tarde, la primera carlistada dejó un reguero de deudas en la ya muy debilitada economía concejil. Hubo que ir tomando censo tras censo sin que la situación mejorase.

Así se llegó a 1859, año en que el pueblo pone en venta las yerbas, aguas y comunales. Los vecinos en batzarre declararon que la Diputación ha dado permiso para enajenar en subasta 2001 robadas de común bajo tasación de 50 reales de vellón la robada para atender a las obligaciones que gravitan en el pueblo. Pero no hubo licitador. Entonces se pensó añadir también las hierbas y aguas a la subasta. Siguió sin aparecer ningún subastero, por lo que las ofrecieron a Fermin Arraiza, vecino de Etxauri (Mendigaña) que pagó 6500 pesos. En el documento se detalla lo vendido: Larrañekoa, cerrado en pared; Chaparral; Trozo de monte; Otro trozo en Bitartekoa; Soto chiquia y soto aundia; Comunal en el camino del molino; Tejería.

Para enredar más este triste asunto, la delegación de Hacienda del Estado declaró nula la venta anterior. Unos años más tarde, en 1882, José Ezcurra, hijo de Fermín, y su madre Concepción Lopez reclamaron la validez de la compra de 1859. Hacienda denegó la reclamación y ese mismo año sacó a subasta los comunales citados en el marco de la desamortización de los bienes locales. La sangre no llegó al río, ya que el rematante fue Gregorio García, vecino de Madrid, quien no era más que el típico agente del verdadero comprador (en este caso recomprador): el dicho José Ezcurra, hijo de Fermín. La venta se hizo en 15.843 pta.

En la segunda mitad del siglo XX los comunales serían vendidos por los herederos de Ezcurra a otro particular. Finalmente, en 2019 volverían a ser propiedad del concejo.

5. Otros arriendos: posada, taberna, pescamercería, etc.

Aparte de los bienes comunales, el concejo solía obtener rentas del alquiler de ciertos servicios. Hay bastante documentación sobre estos arriendos. En 1639 el concejo sacaba el arriendo de la posada. En 1652 la tomaba el vecino Juan Martin Iribas (Iribasena), junto con la panadería. Se detallaban las condiciones: comenzaría el día de Pascua de Circuncisión; se obligaba a proveer a los vecinos y habitantes y a gente que llegase, de pan cocido bueno sin que haya de tener engaños, limpios si que haya quejas de ello (…) y lo haya de vender al precio de Pamplona. También haya de tener posada  y a los que vinieran haciéndoles buen recibimiento y pagando lo justo. Que ningun vecino venda pan  cocido ni tener posada  a menos que sea algún pariente o amigo. La renta era de 8 reales. Además de esta casa, se sabe que también la de Zirizarena fue posada, de ahí su denominación de Ostalaria, durante algún tiempo.

Uno de los arriendos más antiguos que hemos encontrado es el de la panadería de 1587. Los jurados de ese año, Joan Periz de Artazcoz (Loperena) y Joanes de Uztarroz declaraban que en cumplimiento de la ley habían puesto en candela y arrendación la panadería y taberna. Pusieron tres candelas y en la última había aparecido Joan Diez de Artazcoz (Juandiezena) y ofreció la suma de 27 reales castellanos en la cual promesa morio la candela. Se comprometió a tener pan y vino todos los días de labor y fiesta y por cada día que faltase sería sancionado con 4 reales. Debía hacer pan bueno al precio de Pamplona y tenerlo sobre paños limpios. También el vino debía ser bueno y su precio dependería de si era del  pueblo (2 cornados la pinta) o de fuera (3cornados). Ningún vecino ni residente podía vender vino ni pan.

Era bastante frecuente que el arriendo de la panadería lo tomase algún molinero del pueblo o de los alrededores, como en el caso de los molineros Marchueta que la arrendaron durante varios años.

La pesca en el Arakil (también llamado Arga y Asiain) era otra de las fuentes de ingreso del pueblo. Ya desde tiempos antiguos fue una actividad muy regulada, con su normativa sobre períodos de pesca según la especie y el tipo de instrumentos a utilizar. Así, en 1731 la Corte del Reino notificó las nuevas ordenanzas de pesca a los regidores de nuestros pueblos cendeanos.

En 1757, tras conseguir el correspondiente permiso del Real Consejo, los regidores dieron la pesca del río por 10 añós a Manuel Mendigaña, abad y dueño de Loperena, a razón de 26 reales de a 36 maravedis el real. Como en el caso de la panadería, nadie más podía pescar, bajo calonia (multa) de dos ducados, salvo los vecinos con ciertas condiciones. Poco después Manuel transfería el arriendo a su yerno Francisco Arce, amo joven de Loperena. Unos años más tarde, 1789, se arrendaba a Juan Joseph Aizcorbe, vecino de Ororbia, por 8 pesos y un real al año. En este contrato los vecinos podían pescar siempre que fuese con esparabel y garramuch.

La pesca del río debió ir devaluándose, de manera que, puesta en candela, en 1797 no la remató nadie, por lo que los regidores decidieron volver a arrendarla al citado Francisco Arce por 4 años a razón de 6,5 pesos anuales. A comienzos del siglo XIX, 1805, el arrendador fue Manuel Elizondo.

En 1817 encontramos un doble arriendo al mismo arrendador, Ramón Yoldi. Por un lado, se encargaba de la carnicería por 9 ducados de renta, debiendo proveer de carne merina o churra. Por otro, se le arrendaba la pescamercería (pecadería) por dos ducados, especificándose que debía tener aceite de ballena y abadejo.

SARBIL Historia Kopia

Historia del monte de realengo de Sarbil. Se incluye un apartado dedicado a Larrañekoa.